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5/1/12

Ya no quedan anónimos en mi puerta.

¿Qué ocurre?
Necesito algún tipo de cambio, supongo. Un retorno, un billete de vuelta, una hélice o una mano que me saque a bailar. Me siento algo seria y llena de polvo, tengo ganas de despertar y sacar de mí todas las sonrisas que tengo guardadas para el universo.

¿Me ayudas? Puede que te necesite. Aunque no sepas quien eres, eso no importaría en el lugar donde iríamos. Solo importa que haya luz, para mirarte las manos, y fiarme un poquito menos de ti. Para ver las grietas de tu mundo, y que te sientas desnudo, con tus imperfecciones a la vista. Pero quién sería yo para juzgar, si apenas pretendo esconder mis lágrimas eternas. Me hace feliz ser mortal, en una pequeña parte. Pero como toda mortal, acabo por necesitarte.

Si aceptas, puede que juguemos, a juntar estrellas o deshacer rascacielos con la yema de los dedos. El mundo puede quedarse pequeño a nuestro alrededor. Y yo sólo busco una cosa, una sola, que tan sólo tú sabrías darme, puesto que no hay nadie más en este mundo, además de ti y de mí.

Sorpréndeme, estaré paseando de mientras. Entre amapolas o ritmos, o hierbas o silencios. Y si no, inevitablemente nos veremos, fieles a las no-casualidades.

24/11/11

Sin títulos.

Algo perdida en una nube de hilos entrecruzados: hilos nuevos, de colores, hilos antiguos, hilos muertos e incluso ideas de hilos inexistentes.
Demasiado perdida entre tanto hilo, se estremece mi cuerpo, y no sé como acaban mis manos atadas a una estaca enorme que sale de mi pecho, que agujerea mis sentidos y me parte en mil pedazos.

Tengo clara la salida, la luz. La veo en mis ojos. Se encuentra en ellos, y aún así, es tan complejo entrar dentro de uno mismo, teniéndose tan cerca...

Estoy segura de que ando por esos caminos, y a voces me grito un poco, pero no me encuentro. Basta con sentir mi mano sobre mi mano para saber que sigo aquí.

Basta con cerrar los ojos para dejar de sentir los vuestros.
Basta con un rayo de luz para poder volver a abrirlos.

16/11/11

Noviembre.

A la mierda noviembre y sus lluvias.
A la mierda los ríos de culpa, las nubes de rabia.
Quinientas gotas de pena resbalan por las paredes de mi alma,
como cada noviembre, como cada puto quince de noviembre.
Y sus caminos llenos de barro embotan mis pies, me arrastran y me ahogan.
Noviembre es un paso más hacia el desastre, un paso más hacia... ¿qué?

Quizás temo hacerme mayor, por haberlo sido siempre.
Noviembre lleno de convencionalismos. Noviembre vacío de sonrisas. Agrio y sin dulzura.

¿Vienes a abrazar mi noviembre? Quizás así rompa la cadena...

12/11/11

Viejos fantasmas.

Antes de ayer fui un fantasma. Desaparecí ante todos y, por unas simples horas, dejé de existir. Me fundí con el olor de pan recién hecho, con las luces de farolas negras a las siete de la tarde, con los pasos de peatones, las bolsas cargadas y los carritos de la compra. Conseguí fusionarme con el ambiente cargado, con las palomitas quemadas y alguna que otra mirada esquiva.
De golpe, fui pasto de la soledad, no tuve otra que darme un empujón y al más puro estilo "tira palante, Chinato" reaparecí. Dejé de ser pan, farola y carrito. Pero seguí siendo palomita y mirada marchitas. Y por consiguiente, fantasma.

-Y como buen fantasma, sigo viajando en trenes vacíos.

Pero son esos fantasmas que nos tiran de la ropa, nos revuelven el pelo y deshacen nuestros actos, los que poco a poco se olvidan de nosotros, nos dejan a un lado, desocupan nuestro cuerpo y con el viento marchan adondequiera que la corriente les atrape, encuentran otros ojos con luces de colores y entran por la oreja, sin ser vistos, sin tan siquiera hacer un mínimo ruido, para de pronto arraparse a sus almas, invadir sus pulmones y ahogar sus vidas, con el único objetivo de no sentirse, por una única vez, tan solos.
Aún sin conseguirlo acaban por marcharse, en un ciclo interminable de eterno retorno. El problema reside en el vacío que dejan. A veces, la empatía nos juega malas pasadas, y acabamos por creernos fantasmas cuando nunca tuvimos ni sombra.

11/10/11

Echar(te) de menos.

A veces, veo como un texto sin dirección y poco preciso es el pretexto que me ayuda a darme cuenta en los grandes momentos de qué cojones me pasa.

Hoy veo como muchos de los pilares que sustentaban mi templo han caído, y me han dejado sola en mi opistodomus en ruinas. No ceso de ver columnas y volutas rotas por todas partes, y siento algo por dentro, algo semejante a la tristeza pero bañado en culpa y muchas preguntas.
-¡Si yo no moví ni un dedo! ¡Esto es injusto!
Veo todo el mármol roto en el suelo, y veo como algunas piezas se mantienen firmes a pesar del golpe... Entonces comprendo que la mayoría de esas columnas se hubieran hecho trizas con un simple soplido, y otras, por muchos golpes que se den, se mantendrán firmes hasta que les llegue la hora.

Empiezo a plantearme vivir sin cubierta... no se está tan mal. Y aún sintiéndome triste, y un poco más sola, creo que no me costará tanto acostumbrarme como otras veces. Poco a poco voy aprendiendo a no necesitar absolutamente nada para vivir en estas tierras, para sentirme conectada a ellas. Veo hilos blancos que desaparecen, y lo peor, hilos multicolor que se tensan y amenazan con romperse.
-Yo no hice nada, no tengo la culpa!- no dejo de repetir.

Pero supongo que el crecimiento es algo individual, y si mi camino giró hacia la izquierda, o si incluso empecé a volar, no puedo permitir que los hilos ni el recuerdo de mis antiguas columnas me impida continuar. Quien me quiera bien dejará un poco más de hilo... y quien no, se hará trizas en mi mundo y desaparecerá por si mismo. Como dije, yo no moví ni un dedo.

9/10/11

Echar de menos.

¿Qué es exactamente echar de menos? Echamos de menos lo que nos falta, lo que tuvimos y hemos perdido, lo que no supimos valorar y lo que nos arrebataron, lo que no hemos tenido ni tendremos nunca.
Si echamos de menos es por que no poseemos, y por mucho que tengamos una imagen entre los dedos nunca podremos meternos dentro de ella, revivir lo que se desliza entre nuestro cabello para alejarse infinitamente.
Echar de menos es tan relativo... tan volátil como el mismo tiempo, tan extraño y solitario como un campo de amapolas.

La cuestión es... ¿se puede echar de menos lo que prácticamente ya se tiene? ¿Es lícito poseer algo si así deja de ser libre? ¿Y si conseguir lo que deseamos nos hace a nosotros mismos esclavos? ¿Y si no?

Todo se reduce al miedo a la libertad. Miedo a no tener más apoyo que el de uno mismo, miedo a no poder compartir, soñar o amar en compañía.
Tememos estar a solas con nosotros mismos, pues escucharnos sería aceptar demasiadas cosas que ni tan solo queremos oír.

Yo no tengo miedo a estar sola. Un día decidí que quería conocerme y me presenté ante mi misma con toda la ilusión del mundo. No me defraudé, y sé que ya nunca estaré sola, ni en mala compañía, ahora que sé quien soy y estoy contenta de estar conmigo.

Pero me temo que, aún así, no es suficiente, y siempre necesito compartir mi realidad y mi locura con el resto de universo. No lo considero malo, ni muestra de cobardía o debilidad. Para mi es la vida, ser y ayudar a los demás a poder ser también, crecer y empaparme de lo que me rodea, sentirme conectada al mundo y a todas las personas. Es precioso saber que tu mismo existes en la realidad de otros, y que tus actos han podido cambiar el transcurso de sus realidades, y locuras.

Pero, de vez en cuando, echamos de menos. Echamos de menos realidades que ya no son, locuras que ya pasaron. Personas que ya no existen, que han ido evolucionando, retrocediendo. Incluso aquellos que, estancados, ya no pueden seguir nuestro ritmo y se despiden en la lejanía, sin querer impedirnos el paso o hacer más lento nuestro recorrido.
Echamos de menos, y por unos momentos nuestra vida se para. Nada ocurre, y nos quedamos atrapados en algo que fue y ya no es.

Estoy cansada de echar de menos, aunque me haga humana y algo más fuerte con los años. Siempre es extraño definir los sentimientos, pero el miedo es algo que sí sé reconocer y que no quiero en mi vida nunca más.

27/9/11

No estoy muerta...

No estoy muerta, pero he cambiado de color. Me ruborizo algo menos que antes, y parece que mis ojos están ya algo cansados y grises.
No he dejado de respirar, pero cada uno de mis latidos no deja nunca de ser un grito de ayuda a algo que no existe.
Demasiado a menudo me cuesta limpiar mi mesa y despreocuparme de lo que caiga al suelo, cohesionar mis ideas y hacer de ellas algo bonito.
A veces no quedan más que frases sueltas que puedo desparramar, y que a base de borradores absurdos y oraciones inacabadas dejo en el olvido. Alguna vez me prometí publicar esos borradores, enseñarme al mundo más al desnudo que nunca y sentirme juzgada pero libre, tristemente liberada.

Si digo todo esto y no lo escondo, es solo por que estoy cansada de esconderme, necesito darme señales de vida, aunque sean absurdas y con bastante poco sentido, para recordarme solo eso, que no estoy muerta.

10/8/11

Cajas.

Y si cada uno tiene su caja llena, no hay más que hablar.
Y si una de las dos cajas rebosa, ya se encargará él de vaciarla.
Y si uno de los dos ha perdido la suya... allá él.

-¿Y qué pasa con el que tiene demasiado vacía su caja?, pienso a veces.

Hay situaciones que no dan más de si. Podríamos intentar imaginar tres millones de finales distintos de un idilio, una muerte o una tarta y aún así no dejarían de ser finales.
Y probablemente, por defecto, finales tristes.

Todos tenemos cajas medio vacías, medio llenas. Todo se basa en enterrarlas de una puñetera vez, y así fluir.
Así volar por encima, sin ninguna cadena en el tobillo.
Así dejar volar hasta la taza del váter el maldito teléfono.
Así sentir por fin que somos capaces de, por lo menos, decidir que esto es un final.

Y decidir, que estamos cansados de boomerangs.

14/6/11

Blanco o negro

Hoy me cuesta concentrarme. Mañana empiezo a jugarme la entrada a la universidad y no puedo estudiar. ¿La causa?

Hubo un momento de mi vida en que las nubes que me acompañaban empezaron a echar agua, y agua, y agua. Alguna de ellas incluso truenos. Poco a poco, se fueron calmando y marchando, deshaciéndose.
Yo me quedé. Mojada, por el agua de las otras nubes, y sorda, por el ruido de sus truenos.

Sé que nada es blanco o negro. Y sé que muchas nubes merecen su disculpa por haberse mojado también por mi culpa. Pero por un segundo, me he planteado, ¿y donde están vuestras disculpas?¿Las merezco yo también?
Desde que tengo uso de razón he intentado mirar siempre por los que confiaban en mi, me querían, o simplemente me sonreían. Hoy me planteo también cual es la razón.

Creo que en cuanto acabe esta semana algo va a ser diferente. No voy a encontrar la respuesta. Pero si voy a hacer muchas preguntas. O no, qué más da.
A mi nadie me ha preguntado. No ha hecho falta.
Sólo agradezco haberme hecho fuerte y no necesitar tantas nubes a mi alrededor, simplemente porque estoy cansada de mojarme.