11/10/11

Echar(te) de menos.

A veces, veo como un texto sin dirección y poco preciso es el pretexto que me ayuda a darme cuenta en los grandes momentos de qué cojones me pasa.

Hoy veo como muchos de los pilares que sustentaban mi templo han caído, y me han dejado sola en mi opistodomus en ruinas. No ceso de ver columnas y volutas rotas por todas partes, y siento algo por dentro, algo semejante a la tristeza pero bañado en culpa y muchas preguntas.
-¡Si yo no moví ni un dedo! ¡Esto es injusto!
Veo todo el mármol roto en el suelo, y veo como algunas piezas se mantienen firmes a pesar del golpe... Entonces comprendo que la mayoría de esas columnas se hubieran hecho trizas con un simple soplido, y otras, por muchos golpes que se den, se mantendrán firmes hasta que les llegue la hora.

Empiezo a plantearme vivir sin cubierta... no se está tan mal. Y aún sintiéndome triste, y un poco más sola, creo que no me costará tanto acostumbrarme como otras veces. Poco a poco voy aprendiendo a no necesitar absolutamente nada para vivir en estas tierras, para sentirme conectada a ellas. Veo hilos blancos que desaparecen, y lo peor, hilos multicolor que se tensan y amenazan con romperse.
-Yo no hice nada, no tengo la culpa!- no dejo de repetir.

Pero supongo que el crecimiento es algo individual, y si mi camino giró hacia la izquierda, o si incluso empecé a volar, no puedo permitir que los hilos ni el recuerdo de mis antiguas columnas me impida continuar. Quien me quiera bien dejará un poco más de hilo... y quien no, se hará trizas en mi mundo y desaparecerá por si mismo. Como dije, yo no moví ni un dedo.

9/10/11

Echar de menos.

¿Qué es exactamente echar de menos? Echamos de menos lo que nos falta, lo que tuvimos y hemos perdido, lo que no supimos valorar y lo que nos arrebataron, lo que no hemos tenido ni tendremos nunca.
Si echamos de menos es por que no poseemos, y por mucho que tengamos una imagen entre los dedos nunca podremos meternos dentro de ella, revivir lo que se desliza entre nuestro cabello para alejarse infinitamente.
Echar de menos es tan relativo... tan volátil como el mismo tiempo, tan extraño y solitario como un campo de amapolas.

La cuestión es... ¿se puede echar de menos lo que prácticamente ya se tiene? ¿Es lícito poseer algo si así deja de ser libre? ¿Y si conseguir lo que deseamos nos hace a nosotros mismos esclavos? ¿Y si no?

Todo se reduce al miedo a la libertad. Miedo a no tener más apoyo que el de uno mismo, miedo a no poder compartir, soñar o amar en compañía.
Tememos estar a solas con nosotros mismos, pues escucharnos sería aceptar demasiadas cosas que ni tan solo queremos oír.

Yo no tengo miedo a estar sola. Un día decidí que quería conocerme y me presenté ante mi misma con toda la ilusión del mundo. No me defraudé, y sé que ya nunca estaré sola, ni en mala compañía, ahora que sé quien soy y estoy contenta de estar conmigo.

Pero me temo que, aún así, no es suficiente, y siempre necesito compartir mi realidad y mi locura con el resto de universo. No lo considero malo, ni muestra de cobardía o debilidad. Para mi es la vida, ser y ayudar a los demás a poder ser también, crecer y empaparme de lo que me rodea, sentirme conectada al mundo y a todas las personas. Es precioso saber que tu mismo existes en la realidad de otros, y que tus actos han podido cambiar el transcurso de sus realidades, y locuras.

Pero, de vez en cuando, echamos de menos. Echamos de menos realidades que ya no son, locuras que ya pasaron. Personas que ya no existen, que han ido evolucionando, retrocediendo. Incluso aquellos que, estancados, ya no pueden seguir nuestro ritmo y se despiden en la lejanía, sin querer impedirnos el paso o hacer más lento nuestro recorrido.
Echamos de menos, y por unos momentos nuestra vida se para. Nada ocurre, y nos quedamos atrapados en algo que fue y ya no es.

Estoy cansada de echar de menos, aunque me haga humana y algo más fuerte con los años. Siempre es extraño definir los sentimientos, pero el miedo es algo que sí sé reconocer y que no quiero en mi vida nunca más.

7/10/11

Cavilaciones.

Días de luz para algunos, días absurdos para otros.
Y es que últimamente no paro de pensar en la incoherencia de algunos por querer hacer un poco más viejo el mundo, menos bueno y sin sentido.
Es tan fácil salir y empaparse de energía, de amor y de alegría que no puedo llegar a comprender cómo un ser humano podría preferir el odio a toda la belleza que la vida nos regala.

Pero hay demasiadas cosas que aún no comprendo, y de ellas muchas que no comprenderé nunca... Soy humana, y estoy viva y receptiva al universo.

27/9/11

No estoy muerta...

No estoy muerta, pero he cambiado de color. Me ruborizo algo menos que antes, y parece que mis ojos están ya algo cansados y grises.
No he dejado de respirar, pero cada uno de mis latidos no deja nunca de ser un grito de ayuda a algo que no existe.
Demasiado a menudo me cuesta limpiar mi mesa y despreocuparme de lo que caiga al suelo, cohesionar mis ideas y hacer de ellas algo bonito.
A veces no quedan más que frases sueltas que puedo desparramar, y que a base de borradores absurdos y oraciones inacabadas dejo en el olvido. Alguna vez me prometí publicar esos borradores, enseñarme al mundo más al desnudo que nunca y sentirme juzgada pero libre, tristemente liberada.

Si digo todo esto y no lo escondo, es solo por que estoy cansada de esconderme, necesito darme señales de vida, aunque sean absurdas y con bastante poco sentido, para recordarme solo eso, que no estoy muerta.

12/9/11

Anónimos.

Todos somos anónimos cuando paseamos.
Nos gusta escuchar el graznido de las aves, el crujido de las hojas secas (no muertas) y las voces también anónimas de los transeúntes iluminados.
Nuestro gesto se vuelve extraño, nuestra personalidad sale a la luz gracias a la pérdida de personalidad del mundo externo. Tras la máscara de la luz nos sentimos poderosos, y nuestros andares se tornan en si mismos brillantes.
Pasamos de sentirnos extraños en nuestros cuerpos a de pronto transformarnos en súbitos amos de nuestro entorno. Nos fundimos con el paisaje y olvidamos hipotéticas miradas de asombro y desaprobación.
El anonimato nos produce placer, nos vuelve seres singulares entre miles de seres singulares a su vez.
No existe mayor éxtasis que anonimizarse para, de vez en cuando, ser uno mismo entre miles de unos mismos en un universo anónimo.

Pero existe una remota posibilidad de que, en cierto modo, alguien nos observe en nuestro estado de anonimato.
Puede que algún otro ser anónimo capte en nuestras metáforas detalles minúsculos que nosotros pasamos por alto en aquel entonces.
Puede que nuestro gesto anónimo salga a la luz y pierda su brillo mudo para volverse, de súbito, público.

A veces nos asusta que alguien pueda entender el sentido real y verídico de lo que en realidad queríamos dar a entender con nuestras palabras, y nos perdemos en la espiral de una metáfora infinita para asegurarnos de que nadie alcanza nuestra verdad absoluta.
Es tan solo entonces, cuando alguien logra romper esa espiral para captar nuestra esencia, cuando dejamos de ser anónimos.

Yo nunca he sido anónima. Siempre os he permitido entrar en la espiral de mi metáfora y que esta adoptara el sentido que vosotros le quisierais dar, permitiéndome siempre el lujo de sonreir modestamente cuando acertábais y, a su vez, de guardarme para mi las diferencias que simplemente quería dejar en el vacío.
Quizás por este pequeño detalle no tenga ningún derecho a exigir que vosotros mismos dejéis de ser anónimos, pero me voy a permitir hacerme algunas preguntas anónimas para que, si quereis, podais ayudarme a entender.

¿Qué es exactamente pasear? ¿Quién soy yo en realidad? ¿Por qué me escondo detrás de metáforas indoloras en lugar de ser clara y concisa?
¿Y tu, quien eres tu?

3/9/11

Tres puertas.

Desnúdame.
Juega con mis sueños y desordena mis ideas.
Hazme creer que todo son tonterías.
Tócame las manos y dime que todo es fácil.
Abrázame.
Dibuja cualquier amanecer en mi espalda.
Dime que mis ojos no están vacios.
Abre dentro de mi tres puertas. Y déjame escoger.
Sé sutil.
No permitas que se rompa la burbuja.
Hazme mía y de nadie más.
Ayúdame a permanecer encendida.

Y vete.
Vete y vuelve. Vete, vuelve y no rompas el hilo.
Recuérdame en cada hoja suicida y cada gota en tu mejilla.

Y dime, no estás sola. Estás viva.