7/4/09

nit

una nit, moltes estrelles, una promesa.
una promesa repetida mil cops, per mil boques diferents;
mil sensacions, mil cossos, mil aspectes, i un sol sentiment.
tres paraules, joves per sempre.

potser aquella nit no em va canviar la vida, pero des d'aleshores tinc clar que sempre seré jo, sempre em deixaré portar fins un límit, tindré el cap ben possat pero desconnectaré sempre que vulgui, seré tan feliç i tan jove com aquella nit, una nit de plors, d'anyorances i de ràbia, molta ràbia incontrolada, que poc a poc vaig transformant en energia i ganes de viure, perque crec que això també és madurar.

gràcies per fer-me veuree que, darrere les apariències, tothom és humà i imperfecte, i malgrat que estrelles grans tapin estrelles petitones, sovint aquestes últimes són les que brillen per si soles,
i algun dia brillaran molt fort, encara que no ho necessitin per ser especials.

21/3/09

nyi :)

y no creo que todo esto me acaricie por casualidad,

ayer no supe valorarlo, hoy me lo tomo con calma.

y no creo que sea tarde, nunca es tarde para asumir los errores,

si lo es para volver atrás, pero..

¿para qué volver atrás si ahora lo vuelvo a tener delante de mis ojos?

no sé si merecemos las cosas que nos pasan,

solo sé que no voy a dudar nunca más, no titubearé ante los desvíos, los atajos, las paradas del metro.

porque solo tengo el camino que poco a poco voy trazando, y, aunque sé que nunca me arrepentiré de escoger ningún desvío, no quiero descubrir un día que dejé escapar algo tan bello por una ceguera momentánea.

no sé si durará siglos, no sé si hoy me daré cuenta de que si ayer lo dejé pasar fue porque no estaba hecho para mi, pero tengo claro que este es mi presente y voy a vivirlo tan intensamente que si mañana dejara de respirar, podría decir que he vivido y he sido feliz.

18/2/09

la mujer del vestido rojo, 3.

Ella..
Mi única razón para subsistir, llegados a aquel punto.
Después de haber buscado por más de mil recodos una experiencia que me hiciera entender cual era mi lugar, al final resultó ser sólo ella.
Bueno, no sólo ella. Su mirada, su figura, su pelo mojado y encrespado al sol de otoño...
¿Pero, qué podía hacer? Me daba miedo acercarme, me daba miedo romper el mito. Como una fan enloquecida aceptando que ha desperdiciado todo ese tiempo soñando con un actor famoso que resultó ser un imbécil.
Así que ahí me quedé durante casi una hora, examinando a lo lejos sus pasos, su sonrisa, como se estremecía su cuerpo cuando las frías olas bañaban sus gemelos de bailarina. Como movía sus labios mientras cantaba cualquier canción, como se perdía entre la gente cuando volvía descalza a su casa.
Y sobretodo, como quedaba de frío y solitario ese lugar que escasos minutos antes me había parecido un paraíso.
Parecía que las olas no golpearan con tanta fuerza, que la energía que había ganado intentando tocarla se fuera perdiendo mientras ella se marchaba de su extraño manto.
Y así me sentía yo. Cuanto más me alejaba de ella, más necesidad sentía de seguirla, de abrazar su cálido cuerpo y no soltarlo nunca.
¿Iba a dejar que se escapara lo que llevaba buscando tanto tiempo? ¿O me iba a exponer a matar la única fuente de alegrías que tenía por el momento?

la mujer del vestido rojo, 2.

A Benjamín los días de lluvia le encantaban. Era difícil de explicar, pero a menudo salía más de casa cuando llovía. Era de ese tipo de personas a las cuales les daba igual sentirse humillados, desdichados o pasados de moda.

Sí, pasados de moda, ya que él tenía treinta años cuando ocurrió esto. A los diez años, aprendió que no todo es lo que parece. A los quince, que no todas las mujeres son como parecen ser. A los veinte, que el trabajo no vale la pena si no es satisfactorio. Y llegados a los treinta, ya casi había descubierto el significado de la vida. Muchas personas le describían como un chico solitario y tristemente feliz.

Pero lo gracioso es que nadie le conocía en realidad.

Nunca se había encariñado con nadie lo suficiente como para explicarle sus pensamientos. Nunca alguien le había demostrado afecto como para ayudarle directamente. Porque indirectamente, él siempre ayudaba.

Nadie se daba cuenta, y por supuesto nadie le daba las gracias. Pero hasta los veinticinco, el siempre servia a los demás, fueran o no fueran buenas personas como él.

Al decir que les servía me refiero a que él vivía para los demás, pero no dejaba de buscar el sentido de su vida.

Después de darse cuenta de que no había sido creado para eso, dejó de regalarse, y se perdió un gran ángel de la guarda.

Un lunes siete de octubre, salió de casa. Sin ningún motivo aparente y sin hacer caso de las voces de sus vecinos murmurando sobre él. Llegó caminando hasta el límite entre su pueblo y el siguiente. Lo único que cambiaba era el suelo, antes de cuadraditos blancos y rojos y ahora de rombos rojos y blancos. El paisaje era el mismo; el mar frío y desnudo y la arena blanca y lisa. Sólo cambiaba un pequeño detalle, el que le había hecho salir de casa y acercarse hasta el mar, tan conocido, tanto por él como por todos los vecinos de aquel pueblo, bañado por las aguas del Mediterráneo.

Porque claro, para alguien que no siente más que lo que toca, que no oye más que lo que escucha y que no ve nada más que lo que mira, ¿qué puede sentir al ver el mismo paisaje (el mismo para él) cada día?

Benjamín no lo sabía. Benjamín era diferente, ¿por qué no lo veían?

Aunque a él le diera igual que nadie le entendiera, por dentro tenía la esperanza de encontrarlo. El significado de su vida. Sabía que existía, todo el mundo tenía uno.

Y él llevaba soñándolo tanto tiempo...

que ya casi le parecía un espejismo.

Pero aquello que le hizo salir de casa sin motivo aparente y caminar rodeando toda la playa...

Sabía que aquello valía la pena.

Necesitaba creerlo. Igual que sus vecinas cotorras necesitaban cotorrear sobre él. Igual que un creyente necesita rezar. Igual que una madre necesita a un hijo.

Necesitaba aferrarse a esa idea, mecerse abrazándola.

Se acercó al muro que delimitaba el principio de la playa y lo que vio no le sorprendió para nada.

Llevaba soñándola durante años.

la mujer del vestido rojo, 1.

- ¿Lo siente?

- ¿Disculpe?

- ¿Siente el olor del salitre en su piel?

- ¿De qué me habla?

- Claro que lo siente, no deja de observarla.

- Estoy intentando disfrutar del paisaje, si no le importa seguiré haciéndolo.

- Discúlpeme, he estado un poco grosero.

- Un poco..

- Simplemente hablaba de aquella mujer del vestido rojo, que se pasea con el pelo mojado y encrespado por la orilla.

- ¿La conoce usted?

- Por supuesto.

- ¿Y dígame, cómo es?

- Es tremendamente hermosa, como puede comprobar. Tiene una piel fina y seductora, unos ojos que hablan por sí solos, unos labios con una sonrisa permanente pero fría, deliciosa..

- ¿Es amable?

- Mucho, es educada, sencilla, modesta..

- Hábleme de su pasado.

- Sin duda ha sido maestra de escuela, ya que así lo dictan sus manos; tiernas, cariñosas, llenas de vida. Tal y como observa el agua fría acechando a sus pies debe ser fotógrafa, sus ojos muestran tal vitalidad y alegría en este frío paisaje.. Y obviamente, es artista.

- ¿Artista? Pero, si no es conocida mundialmente, no es actriz ni cantante.

- El arte lo es todo, amigo. Ahí donde la ve, esta mujer es puro arte. En su mente se esconden millones de pensamientos filosóficos, imágenes deslumbrantes, sentimientos desbordantes, olores que volverían loco al mismísimo Jean-Baptiste Grenouille.

- ¿Es familia suya?

- No.

- ¿Entonces, compañeros de trabajo?

- Tampoco.

- ¿Pero la conoce?

- Por supuesto.

- ¿Cómo se llama?

- No tengo ni idea.

- ¿De qué conoce a esta bella mujer, si puede saberse?

- He soñado con ella durante años, desde que era un niño supe que la reconocería nada más verla.

- Pero, si no sabe quien es, ¿cómo puede saber que ha sido profesora o que es artista?

- Verá, querido amigo. Si usted sólo ve con los ojos, es que está ciego. Si cree simplemente lo que ve, es un ignorante. Pero, si se fía nada más de su instinto y no intenta ver mas allá de lo que nos enseña la vista, es que no tiene motivación por vivir.

- Es usted un completo inútil.

- Lo sé, pero sin embargo, siendo un completo inútil algun día haré feliz a alguien, alguien que entienda lo que le acabo de explicar a usted.

- ¿Insinúa que no tengo capacidad para entender las tonterías que usted dice?

- Yo nunca insinuo, expongo claramente mis pensamientos.

- Me voy, tengo cosas más interesantes que hacer que aguantarle a usted.

- Adiós, y suerte. La necesitará en este largo camino y sin un cerebro al cual acudir.

- Será g...